El periodista y editor Juan Pedro Bator ha recopilado en el libro "Paraísos Perdidos. Crónica gráfica de la transformación de la costa española" las estampas idílicas de un litoral ya desaparecido bajo la barbarie del "terrorismo estético y los mastodontes de hormigón". Es "un libro denuncia" contra el urbanismo salvaje.
LAURA BALLESTER VALENCIA ?
Una imagen puede valer más que mil palabras. Eso pensó el periodista y escritor Juan Pedro Bator (Huarte, Navarra. 1950) cuando decidió plasmar su "preocupación por el fuerte deterioro de la costa española" en un "libro denuncia" sobre cómo fue y en qué se ha convertido el litoral de la península ibérica. "Me surgió la curiosidad de saber cómo era el país en los años 50 y 60 y la posibilidad de recuperar cómo era el litoral antes del estropicio", asegura a Levante-EMV en conversación telefónica. Por eso coordinó un equipo de documentalistas que comenzó a buscar fotos antiguas en archivos fotográficos privados y públicos de zonas turísticas "desde el Port de la Selva a Ondarribia, pasando por Baleares o Canarias". Una vez conseguidas las imágenes históricas fueron a la caza de la imagen actual: "con los mismos ángulos y panoramicas..." El resultado ha sido el libro de gran formato, publicado por Saga Editorial, que reúne más de 300 fotografías antiguas y modernas para "reflejar la realidad de la manera mas objetiva posible para que los lectores, a través de las imagenes, se puedan formarse su propio criterio sobre lo sucedido en la costa española, con sus luces y sus sombras".
"Tal vez yo no sea la persona más adecuada, porque ahí están las denuncias contínuas que realizan Greenpeace o el Informe Auken del Parlamento Europeo sobre el urbanismo salvaje. Pero si esas palabras se acompañan con las imágenes que aparecen en el libro se constata, aún más, que la costa ha sido ocupada en los últimos cincuenta años por el cemento que ha aniquilado una belleza natural".
El "terrorismo estético" y los "mastodontes de hormigón" del desarrollismo de los años 70 no han servido para escarmentar al urbanismo del siglo XXI. "La Comunitat Valenciana es la que más drásticamente ha cambiado en menos tiempo, con más desmesura y voracidad en la destrucción de la costa", asegura Juan Pedro Bator. Por eso considera que "el papel social de los periodistas en la denuncia de los desmanes urbanísticos debe continuar. De alarmistas nada. El PAI para hoy es hambre para mañana. ¡Si hasta Camps y el fallecido García Antón hablaban de que había que cambiar la política territorial y apostar por el paisaje! Hasta ahora les ha importado bien poco y no ha sido motivo de prioridad. Episodios como Marina d'Or son paradigmáticos. Pero parece que todo eso empieza a cambiar..."
Por eso Paraísos perdidos enfrenta en la primera parte del libro, Paisajes, el "antes y el después" en un "juego de espejos" que "a veces produce rechazo e indignación". En el segundo bloque de la obra, Ocios/Negocios, la cámara retrata personas, lugares y situaciones que protagonizaron los primeros años del despegue turístico desde 1930, con instantáneas de "pueblecitos escondidos y bahías silenciosas surcadas por barcos pesqueros que despiertan la nostalgia".
Visto lo visto... ¿Existe algún pedazo de litoral, a parte de los protegidos, que haya sabido mantener su identidad? Las zonas preferidas de Bator están en "Menorca, Cádiz, Huelva y parte del Cantábrico". Y en la C. Valenciana "Peníscola mantiene encantos, pero las colinas repletas de casas afean tanto... Es mucho más interesante Vinaròs que ha tenido un crecimiento más o menos ordenado, un equilibrio sectorial frente al monocultivo turístico y residencial".
Cullera: De vergel paradisiaco al Manhattan del s. XXI
«Han pasado muchas cosas en los siete siglos transcurridos desde la edificación del castillo de Cullera, pero cuesta creer que el transcurso de medio siglo la fisonomía de la localidad haya cambiado hasta hacerla prácticamente irreconocible. Sólo la fortaleza ha quedado a salvo de la orgía destructora. El contraste entre las fotografías antiguas y la moderna es brutal. Los arbustos y las palmeras han sido arrancados. La pesca tradicional ya no existe. No resulta exagerado afirmar que casi todo el Cullera de entonces ha sido fagocitado con la coartada de la expansión turística. Y el festín urbanístico no tiene visos de parar. En 2006 se aprobó el faraónico y controvertido Plan Manhattan, que incluye la construcción de 30 torres de considerable altura. ¿Alguien da más?
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