viernes, 15 de mayo de 2009
"LOS QUE SUSURRAN", MONUMENTAL HISTORIA DE LA REPRESIÓN SOVIÉTICA

EN: COPE.ES
SITE: http://www.cope.es
FECHA: 15/05/2009
AUTOR: Adolfo Torrecilla/Aceprensa

Un testimonio estremecedor sobre la represión comunista
"Ningún otro sistema totalitario tuvo un impacto tan profundo en la vida privada de sus súbditos, ni siquiera el de la China comunista", escribe el historiador Orlando Figes en Los que susurran , monumental obra dedicada a la represión en la Rusia de Stalin. A diferencia de otros libros sobre el mismo tema, en éste el punto de partida es la historia oral: diarios, memorias familiares, fotografías, documentos personales y, sobre todo, los miles de entrevistas hechas para conocer cómo vivieron su vida privada millones de rusos durante los años de terror de Stalin.

Orlando Figes (Londres, 1959) es profesor de Historia en el Birkbeck College, en la Universidad de Londres, y con anterioridad ha publicado otros dos importantes libros sobre Rusia, La revolución rusa, 1891-1924 y El baile de Natacha. Una historia cultural de Rusia, original libro que rastrea las claves del espíritu ruso a través de sus manifestaciones culturales más populares durante los siglos XIX y XX.

Testimonios familiares
Para escribir Los que susurran ha contado con el apoyo de la Sociedad para la Memoria, institución creada a partir de los cambios políticos que se dieron en 1990 en Rusia. Orlando Figes creó tres equipos de investigadores que trabajaron en San Petersburgo, Moscú y Perm. Estos investigadores rescataron archivos, diarios y relatos familiares que,junto con parte de las entrevistas personales, pueden consultarse en la página web http://www.orlandofiges.com/.

El libro se basa en cientos de testimonios familiares, aunque el autor ha escogido las vicisitudes de unas cuantas familias como representativas de lo que sucedió durante aquellos años. Y de manera especial cuenta la evolución ideológica de la familia del escritor Konstantin Simonov (1925-1979), quien obtuvo en seis ocasiones el Premio Stalin, recibió el título de Héroe del Trabajo Socialista y al final de su vida se arrepintió de las concesiones morales que había hecho al régimen soviético.

Y aunque muchas de las cosas que se cuentan ya son conocidas por la cantidad de libros históricos, memorias y testimonios literarios publicados en los últimos años (los libros de Solzhenitsyn, Shalámov, Lev Razgon, Ginzburg, entre otros), Los que susurran es el primero que explora en profundidad la incidencia de los arrestos, los juicios, las matanzas, la esclavitud en la vida personal y familiar. Como se pregunta Figes, "¿qué significaba la vida privada si el Estado incidía en casi todos los aspectos de aquélla por medio de leyes, vigilancia y control ideológico?".

Los hijos de 1917
Este es el título del primer capítulo. En él se habla del estilo de vida que impusieron los ganadores de la Guerra Civil. Para todos ellos, la entrega a la Revolución ocupaba de manera radical sus vidas, sin divisiones entre la esfera privada y pública. Desde el principio, estos revolucionarios tuvieron muy claro quiénes eran sus enemigos: ex funcionarios zaristas, terratenientes, comerciantes, campesinos kulaks, pequeños comerciantes y la antigua intelligentsia.

La primera fuerza a batir fue la familia, considerada la institución burguesa por excelencia. Para acabar con su influencia en la sociedad rusa se tomaron numerosas iniciativas, que pasaron incluso por el control del espacio doméstico, con el diseño de nuevas viviendas pensadas para una mayor socialización entre sus ocupantes. Se cambió el Código sobre el Matrimonio y la Familia (para eliminar de paso la influencia de la Iglesia), aumentó de manera espectacular el número de divorcios y, especialmente entre los jóvenes, con el fin de liberarse de las convenciones burguesas, se consideró la promiscuidad como un símbolo de modernidad. La descomposición de la familia tradicional empezó por los propios miembros del Partido Comunista,inmunes al amor filial.

Con estas premisas, el control de la educación fue la principal herramienta para la creación de una nueva sociedad. En 1922, el Partido Comunista creó los Pioneros, organización para niños menores de 15 años que les inculcaba los valores y la disciplina comunista. A partir de los 15 años pasaban al Komsomol, organización juvenil que en 1925 contaba con un millón de miembros.
En esos años empiezan a multiplicarse los juicios públicos, las purgas, las confesiones con el fin de descubrir a los "enemigos del pueblo". A la vez, se promueve un sistema de mutua vigilancia y denuncia que alteró profundamente las relaciones humanas. El Partido Comunista exigía a los ciudadanos la exhibición de lealtad al nuevo régimen. Y los ciudadanos, para sobrevivir, se vieron obligados a mentir, disimular y camuflar sus opiniones. Además, debían medir sus
palabras en público y en privado: "crecimos en una casa llena de susurros", dice uno de los entrevistados.

El desarraigo de la colectivización

Tras el paréntesis del periodo de la NPE (Nueva Política Económica), un espejismo de libertad, a partir de 1927 aumentaron los métodos represivos, especialmente contra los kulaks (propietarios rurales), considerados por los comunistas una rémora para poder llevar a cabo sus planes revolucionarios. En 1929 comenzaron las colectivizaciones masivas para cumplir con los objetivos del Plan Quinquenal. Como escribe Figes, "la colectivización fue el gran punto de inflexión de la historia soviética. Destruyó un estilo de vida que había evolucionado durante varios siglos y que estaba basado en la granja
familiar, las antiguas comunas campesinas y la aldea independiente,con su mercado y su iglesia, todas ellas organizaciones que los bolcheviques consideraban obstáculos para la industrialización socialista. Millones de personas fueron arrancadas de sus hogares y dispersadas a lo largo y a lo ancho de la Unión Soviética".

Para crear un nuevo proletariado rural había que eliminar a los kulaks. En los dos primeros meses de 1930, alrededor de sesenta millones de campesinos de cien mil aldeas fueron obligados a trabajar en las granjas colectivas. En poco tiempo, diez millones de kulaks se vieron expulsados de sus aldeas, circunstancia que aprovecharon los bolcheviques para asestar también un duro golpe a la Iglesia, deteniendo a miles de sacerdotes. Muchos campesinos se escaparon de las granjas y fueron a trabajar a las ciudades. Y también muchas familias deportadas a regiones inhóspitas prefirieron abandonar a sus hijos antes que conducirlos a una muerte segura. Entre 1934-1935, 842.000 niños sin hogar ingresaron en centros de detención, a los que hay que sumar los más de trescientos mil registrados en orfanatos.

La mano de obra de los gulag

Las catastróficas consecuencias de esta política no se hicieron esperar. Entre 1930 y 1933 murieron de inanición entre 4,6 y 8,5 millones de soviéticos, sobre todo en Ucrania y Kazajstán. Sin embargo, el discurso comunista reiteraba sus esperanzas mesiánicas en el progreso, mensaje que caló en una población que soportó con estoicismo las carencias y los sacrificios que les exigían los objetivos del Plan Quinquenal.

Como existía una población carcelaria masiva (en 1928 había 20.000 reclusos; en 1934, un millón), se decidió utilizar a los presos para colonizar y explotar los recursos industriales de la región Norte y de Siberia a través de una red de campos de trabajo. "Esta fuerza de trabajo esclava -escribe Figes- desempeñaba un papel particularmente vital en la industria de la construcción, en la industria maderera y en la minería en las remotas regiones del Ártico, donde la mano de obra se negaba a ir por propia voluntad". Entre 1932 y 1936, la población reclusa de los campos llegó a los 2,4 millones, y en ellos murieron más de 150.000 personas.

Estos presos fueron los encargados de llevar a cabo también las grandes obras con las que las autoridades querían demostrar a Occidente la superioridad del comunismo. El ideal estalinista de la perekovka, la regeneración del alma humana a través del trabajo forzado, fue uno de los temas más frecuentados en la literatura de aquellos años.

Los años del terror
Desde 1927 Stalin utilizó los medios de comunicación para sembrar la idea de que la URSS sufriría una inminente guerra en el país, estrategia que le sirvió para lanzar otra campaña para detener a posibles saboteadores y sospechosos de minar la moral de la sociedad soviética, táctica que se incrementó con la llegada en 1933 de Hitler al poder. A partir de 1934, tras el asesinato de Sergei Kirov, el jefe del Partido Comunista en Stalingrado, se multiplicaron las purgas, que llegaron también hasta el seno del Partido. Sólo entre 1937-1938, 1.300.000 personas fueron arrestadas por delitos cometidos contra el Estado, de las que fueron fusiladas 681.692 (116.885 miembros del Partido y casi cuatrocientos mil antiguos kulaks). A esto hay que sumar las deportaciones masivas y las ejecuciones de minorías soviéticas.

La instauración del terror destruyó "todos los lazos de amistad, el amor y la confianza", dice Figes. Las denuncias y las detenciones eran moneda corriente, y cuando algún familiar era arrestado, el resto de la familia también sufría las consecuencias. "Hay innumerables historias que dan testimonio del abandono de amigos y vecinos, y hasta de familiares, cuando se producía el arresto de un pariente cercano". Muchos niños tuvieron que salir adelante solos o gracias a la ayuda de las abuelas, que tuvieron un heroico papel en aquellos años de desolación absoluta, lo mismo que algunos maestros,que se jugaron la vida por acoger a niños abandonados. Estos niños fueron a parar a orfanatos del Estado y más tarde fueron la cantera del Ejército y de la NKVD (policía política).

Desestalinización espontánea
La Guerra contra los nazis provocó un cataclismo en todo el país. Aunque en algunas ciudades hubo manifestaciones a favor de los alemanes por combatir el estalinismo, en la mayoría el pueblo luchó heroicamente no para que triunfase el comunismo sino por el instinto patriótico que en esos años las autoridades comunistas se dedicaron a cultivar. Durante la guerra se produjo una cierta desestalinización espontánea, pues las urgencias militares relajaron el obsesivo control de la población. Se pensaba, incluso, que al acabar la guerra habría ciertos cambios en el sistema comunista, pero no fue así.
Pero ya en 1946 Stalin dejó bien claro que no haría ningún cambio de rumbo. La Guerra Fría exigió nuevos sacrificios económicos y humanos y los Gulag volvieron a ser fundamentales para la economía del país. En 1949 había 2,4 millones de presos distribuidos en 67 complejos de campos de trabajo, diez mil campos individuales y mil setecientas colonias.

Tímido y fugaz deshielo
La muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953 sumió al país en un periodo de confusión, aunque no representó una liberación del miedo. En 1956,Kruschev reconoció explícitamente los crímenes cometidos durante la época de Stalin en el XX Congreso del Partido Comunista, con la posterior rehabilitación de miles de víctimas (muchas de ellas ya fallecidas).

Muchos presos abandonaron los campos de trabajo y regresaron a sus ciudades. A la mayoría, sólo les quedaba la familia, y "la familia emergió de los años del terror como la única institución estable de una sociedad en la que casi todos los puntales tradicionales de la existencia humana -la comunidad del vecindario, la aldea y la iglesia- se habían debilitado o habían sido destruidos. Para muchas personas, la familia representaba la única clase de relación en la que podía confiar, el único lugar en el que experimentaban alguna sensación de pertenencia, e hicieron esfuerzos extraordinarios para
reunirse con sus familiares".

Sin embargo, el ansiado deshielo fue fugaz y limitado. La llegada al poder en 1964 de Leonid Brezhnev supuso el fin de una tímida apertura y el regreso a las tácticas dictatoriales e intimidatorias de las que siempre se había servido el Partido Comunista para mantenerse en el poder.

Conflicto de valores
Como se cuenta en este libro, todos estos sucesos condicionaron la vida íntima y familiar en la Unión Soviética. "¿Cómo lograron preservar sus tradiciones y creencias, y transmitírselas a sus hijos -escribe Figes-, si sus valores estaban en conflicto con la moral y los objetivos políticos que el sistema soviético inculcaba a las generaciones más jóvenes en las escuelas y en instituciones como el Komsomol? (...) ¿Cómo podían conservar fuerza alguna los sentimientos y emociones humanas en el vacío moral del régimen estalinista?". Para el autor, las familias de estas víctimas (más de 25 millones)sufrieron "graves perturbaciones, con profundas consecuencias sociales que persisten incluso hasta nuestros días".

La inmensa investigación llevada a cabo por Orlando Figes demuestra la importancia de la memoria familiar como contrapartida de la versión oficial de la historia soviética.
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NOTAS
Orlando Figes, Los que susurran. La represión en la Rusia de Stalin.
Edhasa. Barcelona (2009). 958 págs. 39,50 €. T.o.: The Whisperers. Traducción: Mirta Rosenberg.

"Un enemigo del pueblo no puede ser mi padre"
Anna Krivko tenía dieciocho años en 1937, en el momento en que su padre y su tío, ambos obreros de una fábrica en Jarkov, fueron detenidos. Anna fue expulsada de la Universidad de Jarkov y la echaron del Komsomol. Salió a buscar un empleo para mantener a su madre, a su abuela y a su hermana, que entonces era apenas un bebé. Trabajó durante un tiempo en un criadero de cerdos, pero fue despedida cuando sus empleadores se enteraron de que su padre había sido arrestado. No podía encontrar ningún otro empleo.

En enero de 1938, Anna escribió al subdirector de su soviet, el miembro del Politburó Vlas Chubar. Abjuraba de su padre y rogaba a Chubar que ayudara a su familia. Anna amenazaba con matarse y matar a su hermana si no podía llegar a tener una vida decente en la Unión Soviética. La joven estaba desesperada por demostrar que era una leal estalinista. Pero también es posible que el odio hacia su padre fuera real puesto que este había causado a su familia una desgracia tan enorme.

"No sé de qué se acusa a mi padre y a su hermano, ni por cuanto tiempo han sido condenados a prisión. Me siento avergonzada y no sé qué hacer. Creo profundamente que el tribunal proletario es justo, y que si los han condenado significa que se lo merecían. No albergo hacia mi padre sentimientos dignos de una hija, sino tan sólo el sentimiento más elevado de una ciudadana soviética hacia su madre patria, el Komsomol que me ha educado y el Partido Comunista. Apoyo con todo mi corazón la decisión del tribunal, la voz de 170 millones de proletarios, y celebro su veredicto. Según mi propio padre lo
admitió, fue enrolado en el ejército de Denikin, donde sirvió como guardia blanco durante tres meses en 1919, y por eso fue condenado a dos años y medio [en un campo de trabajo] en 1929; eso es todo lo que sé sobre sus actividades... Si hubiera advertido en su conducta alguna otra señal de actividad antisoviética, a pesar de tratarse de mi propio padre, no habría vacilado ni un momento en denunciarlo al NKVD".

"¡Camarada Chubar,créame! Me siento avergonzada de llamarlo padre. Un enemigo del pueblo no puede ser mi padre. Sólo las personas que me han enseñado a odiar a los canallas, a todos nuestros enemigos, sin compasión ni excepciones, pueden ocupar ese papel. Me aferro a la esperanza de que el proletariado, el Komsomol de Lenin y el Partido de Lenin y de Stalin ocuparán el lugar de mi padre, cuidando de mí como su verdadera hija y ayudándome a encontrar mi camino en la vida" (o.c., pp. 428-429).

 


Tags: archivos históricos, Rusia

Publicado por carmenmarin @ 16:54  | ARCHIVO HISTÓRICO
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