martes, 18 de septiembre de 2007
DEMOLIENDO MONUMENTOS

EN: ELMUNDO-ELDIA.COM
SITE: http://www.elmundo-eldia.com
FECHA: 18/09/2007
AUTOR: JOAN FONT ROSSELLÓ


Los hechos tal como son llevan en sí mismos un omponente de coerción. Parafraseando a Hannah Arendt, las verdades factuales (o los hechos) «están más allá del acuerdo, de la discusión, de la opinión o del consentimiento». Los hechos no están condicionados al apoyo mayoritario o minoritario de la opinión pública, «la persuasión y la disuasión son inútiles, ya que el contenido de la afirmación [factual] no es de naturaleza persuasiva, sino coercitiva». Los hechos son los hechos, al margen de las distintas interpretaciones que puedan extraerse de ellos. No obstante, Arendt nos advertía que no siempre la incontrovertibilidad de los hechos ha sido respetada por el poder.

La arrogancia de la modernidad hacia su pasado consiste no sólo en admitir el derecho a reescribir la historia, sino en admitir el derecho de refabricar los hechos desde criterios anacrónicos e intereses espurios de políticos metidos a aprendices de brujo. Desguazar el pasado es un paso ulterior a su falseamiento. Una vuelta de tuerca más. No en balde los grandes mentirosos de la historia han sido lógicamente también sus grandes desguazadores tras haber intentado borrar cualquier huella que no les interesara para asentar su verdad histórica. La obsesión de Stalin por eliminar físicamente a Trotski, su adversario más conspicuo en la lucha por el poder que sucedió a la muerte de Lenin, como uno de los dirigentes de la revolución rusa le llevó incluso a ordenar que borraran su imagen de las fotos oficiales. El matiz es importante; no estoy hablando de falsear los manuales de Historia, sino de refabricar a conciencia estos hechos históricos, cocinarlos de nuevo, es decir, «echar atrás la moviola del pasado y desandar los hechos históricos» (Pedro Carasa) como si en nuestras manos tuviéramos el increíble poder de anular cosas que han ocurrido para sustituirlas por lo que debería haber ocurrido con todas sus consecuencias.

«La historia está construida de victorias, guerras y represiones, de conquistas y cambios de poder, y los archivos históricos [como los monumentos o los homenajes históricos] existen precisamente para reflejar ese ejercicio, aunque sea violento, del poder de los estados, de las instituciones y los hombres» (Carasa). ¿Tiene sentido manipular todas las fotos, demoler todos los monumentos, quitar todas las medallas que otras instituciones y otras personas han concedido, anular las sentencias derivadas de juicios injustos, despintar todos los cuadros, destruir todas las catedrales que se han ido levantando en el pasado sencillamente porque se engendraron bajo un régimen tirano o déspota? Reducción al absurdo. Sin embargo, ahora algunos estarían dispuestos a volar el Valle de los Caídos por haberse construido durante unos años gracias en parte a algunos centenares -no miles, como dice la izquierda- de represaliados de Franco. Los monumentos del pasado, como el Valle de los Caídos, son el testimonio de lo sucedido y un motivo para no olvidar la tragedia de la Guerra Civil. Demoler monumentos puede resultar motivo de regocijo para el resentimiento de una izquierda, la española, que todavía no ha superado su propia Transición y que ha vuelto al rupturismo preconstitucional. La misma izquierda, por cierto, que por otro lado se declara hiperproteccionista hasta el punto de conservar el mamotreto de Gesa, emblema de la funcionalidad de la arquitectura moderna. O que escarba el entorno de La Real en busca de ánforas de los tiempos de Matusalén.

Aún cuando excepcionalmente pueda haber familiares -los menos- de perdedores de la Guerra Civil que reclamen sinceramente una reparación en forma de reconocimiento público que les negó el régimen franquista y el silencio pactado de la Transición española desde todos los partidos, este nuevo revisionismo que algunos han tachado certeramente como «desmemoria histérica» descansa sobre tres pilares. Primero, el espíritu de secta que lo carcome: unas víctimas son buenas, las otras menos buenas, repitiendo setenta años después la misma letanía difundida por la historiografía estalinista. El segundo, la negativa a aceptar los hechos históricos tal como se produjeron. Ni tienen en cuenta las circunstancias, ni el clima de opinión reinante entonces, ocultan unos hechos mientras magnifican otros en base a los mismos prejuicios y apriorismos ideológicos del estalinismo. Más que interés por la historia lo que hay es interés de poner cuantas víctimas mejor encima de la balanza. Una «pesada de víctimas» (René Girard). Repito, la cantinela de estos revisionistas es la misma que utilizaba el estalinismo de los años treinta y cuarenta. La misma. Y tercero, la arrogancia de creerse, no ya un eslabón más en el curso de la historia, sino los auténticos libertadores (y jueces) de un hipotético estadio final de la humanidad: el presente actual es el tribunal del final de los tiempos que nos permite juzgar lo que hicieron o dejaron de hacer nuestros propios abuelos.

René Girard nos recuerda un pasaje evangélico en el que algunos fariseos están construyendo una tumba a uno de los profetas lapidados por sus padres. De hecho, estos fariseos se están de algún modo autojustificando a expensas de sus padres convencidos de que si de ellos hubiera dependido no se hubiera asesinado a la víctima inocente. ¿Quiénes son ellos para pedir perdón por lo que hicieron sus padres? Sin ninguna duda… unos fariseos -limpios por fuera, podridos por dentro- puesto que, como ya comenté en La memoria histórica se aferra a Hegel publicado en Quaderna (vol. 1), «ponerse en la piel del héroe o del mártir cuando uno sabe que no va a ocurrirle nada sólo expresa hipocresía en la utilización política de las víctimas». Tanto más cuando entre las antígonas que ahora se rasgan las vestiduras por los vestigios fascistas -sólo el uso de este término nos da una idea de su ignorancia oceánica- que aún quedan en Mallorca abundan este tipo de fariseos cuyos abuelos eran notorios falangistas que medraron al socaire de Franco apuntalando el régimen. Sólo que, lógicamente, ahora medran sirviéndose de la bandera del antifranquismo porque son los típicos vencedores que siempre están con los que ganan, cerca del poder. Fariseos en estado puro. Si algún día algún historiador tiene la audacia de escribir algo así como Los mallorquines de Franco nos llevaremos muchas sorpresas, muchas.

Tags: archivos históricos

Publicado por carmenmarin @ 15:49  | ARCHIVO HISTÓRICO
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