LA IGLESIA NO PIERDE LOS PAPELES
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FECHA: 27/08/2007
AUTOR: MARÍA JOSÉ MUÑOZ. TOLEDO.
Esperan desde hace meses en las estancias altas del Palacio Arzobispal de Toledo, cerca de las habitaciones privadas del cardenal arzobispo, Antonio Cañizares, a donde fueron trasladados -documento a documento- por una veintena de abnegados seminaristas. Puestos en fila, los volúmenes del Archivo Diocesano, que recogen en sus páginas la rica historia de la diócesis de Toledo desde el siglo XV a nuestros días, tienen una longitud de cinco kilómetros, según ha explicado a ABC el archivero diocesano, Juan Pedro Sánchez Gamero.
El sacerdote recuerda cómo hace veinte años, el entonces arzobispo de Toledo, Marcelo González Martín, -con clara visión de futuro-, le envió a estudiar Historia y Archivística al Vaticano. Al volver a Toledo, Sánchez Gamero sustituyó al ya fallecido Ignacio Peñalver, el viejo archivero que pasó prácticamente toda su vida entre las estanterías del antiguo Archivo, que fue inaugurado por el cardenal Enrique Reig Casanova en 1924.
«Don Marcelo quiso hacer algunas reformas, y algo se hizo; con don Francisco (Álvarez Martínez, su sustituto) hasta se hicieron informes, y cuando ya vino don Antonio dijimos ahora debe ser», explica el archivero, quien calcula que la obra de reforma y ampliación del nuevo Archivo Diocesano de Toledo podría alcanzar, entre obra civil y archivística, la nada despreciable cantidad de 250 millones de las antiguas pesetas. Pero el gasto merece la pena.
ABC ha visitado las estancias que formarán parte del nuevo Archivo, donde la funcionalidad y modernidad van a ser posibles gracias a unas impresionantes obras de reforma que comenzaron hace dos años y que sufrieron cierto retraso por el hallazgo de unos muros de contención cuyo escaso valor arqueológico permitió proseguir pronto con los trabajos.
Con una clara idea de las necesidades, Sánchez Gamero diseñó en su mente el nuevo archivo, que finalmente materializó en forma de proyecto el arquitecto diocesano José Luis Montero y que podrá inaugurarse el próximo año. Al visitar la obra civil, que está próxima a concluir, uno se da cuenta de la magnitud del proyecto. Ha sido necesario horadar y extraer miles y miles de kilos de la dura roca sobre la que se asienta el Arzobispado en el casco histórico de Toledo para conseguir nuevos espacios que permitan un Archivo amplio e idóneo para la clasificación y exposición de los legajos y libros que la Iglesia toledana conserva desde el siglo XV.
Toda la parte izquierda de la fachada principal del inmueble arzobispal, una de cuyas paredes «besa» prácticamente los muros del Consistorio, es donde los obreros han permanecido meses y meses extrayendo piedras y escombros para «hacer hueco» al nuevo archivo eclesiástico, uno de los más grandes de España.
Hay que tener en cuenta que se trata del Archivo de una diócesis que entre los siglos XVII y XVIII (entre 1600 y 1700 es el periodo del que más documentos existen) ocupaba media España: todo el centro de la península, Madrid, Ciudad Real, parte de Albacete, gran parte de Guadalajara y Extremadura; una diócesis que llegaba hasta Jaén, Cazorla, Guadix y, con el cardenal Cisneros -que conquistó la plaza de Orán-, hasta el norte de África, el confín entonces del Arzobispado de Toledo.
La guerra civil
«El nuevo Archivo va a tener unas dimensiones grandes -explica Sánchez Gamero-, va a disponer de siete un ocho salas, más las dependencias para los investigadores, para la dirección, los empleados y los restauradores de documentos».
Entre los papeles que serán expuestos cuando finalice la obra, y tras la inauguración, puede destacarse el llamado Archivo del Gomá, uno de los más conocidos porque corresponde a los años de la guerra civil española.
Como cuenta Luis Moreno Nieto en su libro «Toledo 1931-1936. Memorias de un periodista», en aquellos años de la contienda civil el Gobierno de la República instaló en Toledo sus dependencias en el Palacio Arzobispal, a donde era trasladado «todo lo que los milicianos encontraban y que suponían era de valor».
Es muy probable que las dependencias del Archivo Diocesano fueran utilizadas en aquellas fechas como almacén de objetos requisados, ya que se encuentran muy cerca del patio al que se accede por la puerta de carruajes, en Arco de Palacio.
La vida de una diócesis
En 1925 se produjo un incendio en el Arzobispado y muchos legajos fueron pasto de las llamas. Afortunadamente, a alguien se le ocurrió tirar los fondos por la ventana para que se salvaran. La guerra civil también impactó materialmente contra el Archivo: «yo me he encontrado legajos atravesados por un balín de la guerra, con la punta torcida», asegura Sánchez Gamero.
Ahora muchos documentos están siendo microfilmados, básicamente aquellos procedentes de la reparación de templos. «Y hay un fondo muy importante también, el de las ordenaciones sacerdotales. Todos los curas ordenados desde antes de 1500 están aquí, con su expediente, su procedencia...esto es un mundo, son miles y miles», subraya el archivero.
También forman parte del Archivo todos los expedientes matrimoniales, de licencias, de atestados, de petición de libertad para contraer matrimonio, los documentos de las Cofradías, las fundaciones, los libros de cuentas correspondientes a reparaciones de templos de la diócesis, los diezmos parroquiales y los libros becerros, inventarios de bienes y especies como pan, corderos, leche o miel en cada uno de los pueblos, la relación de bienes y propiedades -fundamentalmente de patrimonio artístico- de cada parroquia...
Unos fondos archivísticos abundantes e interesantes porque en ellos se refleja la vida de toda una diócesis, de los contratos que se firmaban con artistas para la realización de determinados trabajos en los templos parroquiales, y hasta alguna rúbrica famosa: «Hay una firma de Pedro Calderón de la Barca cuando se ordenó sacerdote, también he visto algo de Lope de Vega...hay muchas cosas por descubrir, todos los procesos civiles, criminales, altercados de la iglesia con particulares, litigios matrimoniales», dice el archivero diocesano.
Habrá una sala dedicada a libros, unos 3.000 volúmenes, entre los que destacan las actas del Sínodo que convocó el cardenal Cisneros en 1948.
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