lunes, 02 de abril de 2007
LA CATEDRAL DE LOS SECRETOS

EN: DIARIO DE ÁVILA DIGITAL
SITE: http://www.diariodeavila.es
FECHA: 02/04/2007
AUTOR: JUAN CARLOS HUERTA

Sus cantorales y misales representan la dimensión museística del valioso archivo catedralicio, sin embargo, son sus actas capitulares, sus libros de fábrica o de beneficencia y las obras musicales las que le confieren el verdadero prestigio

El Archivo de la Catedral es uno de los más valiosos que conforman hoy el catálogo de fondos documentales de la diócesis. En su índice figuran tesoros tan valiosos como la celebérrima Biblia de Ávila, un ejemplar del siglo XII, considerado una pieza única, de reconocimiento internacional. Desde 1869 se encuentra en la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde llegó tras una orden ministerial de incautación, sin que las reiteradas reclamaciones de devolución realizadas desde entonces por el Cabildo y, en ocasiones, por los próceres civiles de la ciudad, hayan dado sus frutos. Lo mismo pude decirse en relación a centenares de documentos medievales, la mayoría del siglo XII, así como incunables, depositados en el Archivo Histórico Nacional.

Los archivos de la Catedral se ubican en el complejo archivístico del Seminario Diocesano, compartiendo planta con el Archivo diocesano y la Biblioteca del Seminario, protagonistas las pasadas semanas de esta serie de reportajes sobre los fondos bibliográficos más desconocidos de la ciudad. Su ubicación es reciente, apenas llevan en este lugar nueve años, cuando el anterior obispo, Adolfo González Montes optó por el traslado a este lugar tras la petición del canónigo archivero, Justo García, quien reconoce que en la Catedral «estos fondos no disponían de espacio suficiente». Hay una pequeña parte de los tesoros documentales catedralicios que se muestran en el propio Museo de la Catedral; es el caso de algunos de los libros del coro.

Una visita al archivo de la Catedral bien podría empezar, precisamente, por los cantorales, antiquísimos libros con el oficio divino y notas musicales que se abrían sobre el facistol para ser interpretados por el coro, razón por la cual tienen tan enormes dimensiones. Hay medio centenar extendidos sobre las repisas. Abiertos miden 1,80 metros por 1,20 metros, y destacan por sus excelentes iluminaciones y la profusión de orlas, adornos y miniaturas. Seis de ellos están firmados por el célebre Juan de Carrión, a finales del siglo XV, y se corresponden con hitos del calendario católico, como la Navidad, la Pascua, las fiestas de la Virgen y de los santos, o Pentecostés, del cual se reprodujo la escena de la venida del Espíritu Santo en la estampa de la oración del último sínodo diocesano.

Las tapas de los cantorales son de madera, forrada de piel, con el escudo catedralicio, que es un cordero cruzado por el astil de una bandera. Potentes sogas ensamblan el lomo. Las hojas, de pergamino, se sujetan con cordeles finos y artesanales herrajes acerrojan el libro. En 2004, algunos de estos cantorales fueron exhibidos en Testigos, la edición abulense de Las Edades del Hombre.

En esta misma sala, que es la primera de las dos de que consta el archivo catedralicio, se recopilan también misales y breviarios. La mayoría de los primeros son romanos, adecuados a los nuevos usos litúrgicos que impuso el Concilio de Trento en el orbe católico del siglo XVI, en detrimento de la liturgia mozárabe. El de más valor es el misal de Rodrigo de Mercado, de 1542, editado para la diócesis de Ávila.

El documento más antiguo no se encuentra, sin embargo, ni entre los cantorales ni entre los misales y breviarios, sino que es una bula fechada en 1138 y firmada en pergamino por el Papa Inocencio II en la que confirma al obispo abulense Iñigo «la posesión de todo lo que tenía, y especialmente de las parroquias de Ávila, Arévalo, Olmedo y Alcazarén», así como «todo aquello que cualquier persona le donara».

Entre los muchos fondos que atesora el archivo de la Catedral, sin duda, el más consultado es el de las actas capitulares, unos documentos que recogen las reuniones periódicas -capítulos- de los miembros del Cabildo catedralicio. Van desde 1480 hasta nuestros días y son, junto a las ordenanzas municipales, un testimonio escrito de primer orden para conocer la vida cotidiana de la ciudad, de sus relaciones de poder, de sus costumbres, conflictos y transformaciones. Por todo ello son tan requeridas por los investigadores.

Según varias fuentes, la Catedral del Salvador de Ávila comenzó a construirse a finales del siglo XI. Al parecer, el primigenio templo románico, ligado a la época de La Repoblación, fue fagocitado en la segunda mitad del XII por otra construcción que venía a emular las vanguardistas formas góticas borgoñonas. Al maestro Fruchel se le atribuye el encargo de diseñar la que se habría de considerar más adelante la primera catedral gótica de España.

Las sucesivas obras se prolongarían hasta finales del siglo XVI. La Catedral de Ávila fue declarada Monumento Histórico Artístico el 31 de octubre de 1914.

El Cabildo catedralicio reunía a una representación de lo que en la Edad Media se conocía como clero alto, una especie de oligarquía presbiteral. Junto a los canónigos convivían en el primer templo capellanes y beneficiados, sacerdotes a los que el obispo recompensaba con la prestación de servicios en la Catedral.

El Cabildo siempre dispuso de importantes rentas, no en vano, en el siglo XIX llegó a denominarse La Roma de los beneficios. De su secular prosperidad se derivaron complejas contabilidades, infinitas gestiones y entradas y salidas de bienes. En la actualidad hay doce plazas de canónigo, aunque cuatro permanecen sin cubrir. Justo García, el archivero de la Catedral, explica que «se habla mucho de las riquezas del Cabildo en aquellas épocas, y es cierto que entraban muchísimos ingresos pero, no sería cabal soslayar la reversión social de muchos de aquellos fondos». García subraya «la cantidad de obras sociales y asistenciales que se realizaron desde la Catedral, en unos tiempos en que nadie, salvo la Iglesia, asumía el grueso de la beneficencia».

Entre los innumerables fondos de la Catedral, y en relación a sus beneficios, gastos y beneficencias, sus armarios compactos reúnen más de 2.000 volúmenes de libros de pergaminos y legajos bajo heterogéneos e inexplorados epígrafes. Es el momento, pues, de pasar a la segunda de las salas, donde el archivo catedralicio comparte espacio con la biblioteca capitular, recientemente acrecentada gracias a las donaciones de Baldomero Jiménez Duque y Bernardino Jiménez, auxiliar del propio archivo. En esta segunda sala, destacan los libros de aniversarios, unos 200; los de fábrica, más de 300; los de cuentas; los de la comunidad de capellanes; los de cartas-cuentas de la mesa; los de diezmos; los de difuntos; los de pitanzas, unos 130; los de rentas de tierras y granos, 150; los salarios de fábricas o los dineros de la capellanía de San Segundo... en fin, un larguísimo etcétera con coreografías de nombres y cifras, de ducados, reales y maravedíes, de actas y disposiciones, un rico universo dispuesto a iluminarse a los ojos de los investigadores.

En el seno de toda esta heredad documental sobresalen dos grandes colecciones. Una, la de las fundaciones y obras pías; otra, la de las cuentas de los niños expósitos. La primera describe el nacimiento y el desarrollo de los cinco hospitales de beneficencia de que dispuso la ciudad: el de Dios Padre, el de Santa Escolástica, el de San Jerónimo, el de la Magdalena y el de la Misericordia, fundados por canónigos, unas veces; protegidos o administrados por ellos, en otras; el segundo de estos grandes fondos pormenoriza la relación asistencial a los centenares de niños incluseros, una crónica dramática del abandono de criaturas en la sociedad medieval y de la lucha por su supervivencia e inserción comunitaria.

Finalmente, como otro de los fondos igualmente valiosos figura el archivo musical, una recopilación de partituras sacras y populares, como los villancicos, firmadas por los míticos maestros de capilla de la Catedral. Célebre fue Tomás Luis de Victoria, del que, desgraciadamente, no se conservan originales en el archivo; y célebres fueron también Pérez Gaya, Juan del Valdo, Juan Oliach... o los contemporáneos Flavio Aguilera y Antonio B. Celada, últimos representantes de un arte y un oficio que acabó perdiéndose a finales de los años 70 del pasado siglo.

Tags: Archivo catedralicio, Archivo de Avila

Publicado por carmenmarin @ 9:43  | ARCHIVO HISTÓRICO
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Comentarios
Publicado por Salmantino
martes, 25 de diciembre de 2007 | 9:34
La Biblia de Avila debia volver a Avila de los Caballeros