CON LA BANDERA REPUBLICANA AL REVÉS
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FECHA: 05/03/2007
AUTOR: ROMÁN PIÑA HOMS
Ser historiador del Derecho y al mismo tiempo pertenecer a una academia de historiadores, genealogistas y heraldistas, aunque no constituya apenas la envidia de nadie, les aseguro que tiene sus ventajas. Unas ventajas que no se miden en base a los parámetros de moda, como el de la imagen, el poder o el dinero, que todo lo invaden y que hoy se muestran omnipresentes, por encima de cualquier otra época, en que al menos disponían de algunos contrapesos. Una de tales ventajas -al menos esto pensamos algunos- está en la capacidad de perspectiva. En otras palabras: los historiadores podemos morirnos de asco o de hambre -algunos quizás de las dos cosas- pero a conciencia, sabiendo cuál es el altar de nuestro holocausto, con qué materiales se construyó y quién terminará destruyéndolo o haciéndose una piscina a su costa.
Como es lógico, los historiadores no quisimos sentirnos ajenos a la pasada Diada de las Baleares o Baliares que es el nombre primitivo, al menos romano, de las islas, extremo no poco importante, para no ceder a lo políticamente correcto, o sea al catalanófilo tic que elimina las haches del Mahó milenario, y rebautiza pueblos, apellidos, plazas y calles con la desvergüenza de los falsarios o simplemente ignorantes. Más aún, el gremio en general se sintió muy honrado de que entre los Ramon Llull de este año figurase un personaje discreto pero de talla singular. Me refiero a Antoni Mut Calafell, director del Archivo del Reino de Mallorca durante nada menos que diecinueve años, y con una dilatada carrera en diversos archivos, entre los que figuraría nada menos que el del Palacio Real, en Madrid. Constituye todo un símbolo. Bien está que se premie a grandes empresarios, a brillantes hombres de letras, a beneméritos filántropos, a pasteleras y a refinados cocineros. Pero no menos importante es recordar que a lo largo y lo ancho de las islas existen profesiones casi inadvertidas que son precisamente las que protegen del olvido la gran riqueza de nuestra memoria histórica.
«¿Qué le has dicho al president?» le pregunté curioso a Toni Mut cuando observé la conversación entre ambos en el momento de la entrega del premio. «Pues que interpreto esta concesión, en la medida que también viene a premiar la labor callada, benedictina, de tantos compañeros de archivo, a menudo sin medios y olvidados, como los papeles viejos que custodian. Y sobre todo le dije que no afloje; que defienda con toda firmeza los derechos de las islas sobre el Archivo de la Corona de Aragón».
En fin, como todos ya sabemos y saben muy bien los archiveros, de esto de los archivos -como de la memoria histórica- uno sólo se acuerda cuando se transforman en arma arrojadiza con la que atizar la convivencia.
Pero no se crean que esto de premiar a Antoni Mut ha sido lo único gratificante, tanto para las gentes de la archivística como para los centenares de historiadores que saben del trabajo honesto y riguroso de este gran profesional. También a muchos de los amantes de Clio les ha resultado curioso, algo así como un guiño de la Historia, que nuestra celebración del 1 de marzo en que se aprobó el Estatut coincida con otro 1 de marzo, pero de setecientos años atrás, aquel en que el rey Jaume I concedió la famosa Carta de Franqueses a Mallorca, nuestro texto jurídico constitucional del reino, luego modelo para las otras islas. Hay un político del PSOE llamado Diéguez que en la sesión parlamentaria que negociaba la última reforma del Estatut se opuso a que pasase a denominarse Defensor de les Franqueses, tal como lo había solicitado la Comisión de Expertos, la figura del Síndic de Greuges, así denominado hoy por su identificación con su homólogo catalán, alegando que esto de las franqueses sonaba a privilegio de viejo cuño.
Pues bien, la ignorancia de los unos y la debilidad de los otros, impidieron que se restaurase el nombre de Defensor de les Franqueses, pero recuerde el señor Diéguez que eran éstas, las franqueses que él se permitió ridiculizar en el Parlament, el más celoso código de derechos de nuestra ciudadanía, que impidió durante siglos que nuestros antepasados sufrieran los malos usos feudales, como la exorquia y la cogutia -temo que no sepa lo que eran- y les garantizó el habeas corpus, una justicia gratuita y toda una serie de garantías procesales modelo de modernidad en la Europa de su época.
Pues bien, hoy las gentes de las islas encontramos en el 1 de marzo el aniversario del texto fundacional de nuestro reino insular, modelo de una sociedad de libertades, y por curiosidad de la historia coincidente con la de aprobación de su Estatuto de Autonomía en 1983, y la de su primera reforma en profundidad veinticuatro años después. ¿La hicieron coincidir nuestros políticos? ¡Hombre! La actual casi seguro, pero la de 1983 fue auténtico divertimiento que a veces reporta el azar, haciendo coincidir una fecha entre otras trescientas sesenta y cinco del año.
Y hablando de las bromas del azar, tampoco han dejado de percibir nuestros eruditos locales las coincidencias de los colores del logotipo de la Diada -morado, amarillo y rojo- con los de la bandera republicana. Dicen que ha sido un gol colado al Govern por unos maquiavélicos diseñadores. La verdad es que no lo creo. Lo más seguro es que ni idea tuviesen los artistas, ni de hacer coincidir colores, ni de que los colores coincidiesen con los de nuestro republicanismo de antaño.
Pensemos que si esto lo capta alguien, será porque tiene más de setenta años. Lo que realmente mueve y sensibiliza hoy en día es que los colores de nuestra bandera se identifiquen o no con los de la catalana. En esto filias y fobias pueden estar a flor de piel. De ahí el acoplamiento del morado o violáceo, en línea con nuestra bandera, en el bien entendido que si en matemáticas el orden de los factores no altera el producto, en heráldica sí, y claro está que los colores al revés de la combinación republicana podrán provocar ciertas alergias, pero siempre permitirán mantener distancias. En todo caso, como me comentaría alguien: «antes republicano que catalán». Cosas del efecto Carod.
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