EL ARCHIVO MÁS SEGURO DE ESPAÑA
EN: DIARIO DE BURGOS DIGITAL
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FECHA: 12/02/2007
AUTOR: A.M/BURGOS
¿Alguna vez miró al Banco de España preguntándose cuánto dinero habría dentro? Pues siga preguntándoselo porque no lo sabemos. Lo que sí hemos hecho es entrar en la cámara de seguridad, inviolable durante medio siglo y hoy abierta a funcionarios y vi
El Tío Gilito se lo pasaría en grande si pudiera comprar una casa como la que tiene la Subdelegación del Gobierno en Burgos. El imponente edificio, que fue erigido a mediados de los 50 en piedra de sillería de Hontoria, se construyó para albergar la sede de Burgos del Banco de España, labor que desempeñó con éxito hasta el 31 de diciembre de 2003. Recientemente ha quedado inaugurado como nueva sede de los servicios de la administración central, motivo por el que ha sido objeto de una reforma integral que ha costado tres millones de euros. Una cantidad irrisoria en comparación con las que se movieron en el sótano que domina la única instalación del Banco que no ha podido ser demolida: la cámara de seguridad.
El habitáculo donde se velaba el dinero con un mimo exagerado es un cubo hermético de un metro de hormigón armado en todo su perímetro, el mismo calado que se utilizó para la puerta de entrada, y hoy se ha convertido en el archivo de la Subdelegación. Allí, los funcionarios han sustituido a los agentes de la Guardia Civil que durante medio siglo custodiaron la cámara, los documentos ocupan el lugar de los billetes y la puerta, otrora infranqueable, está abierta de par en par 24 horas al día. A pesar de que el sistema de alarmas, vigilancia y blindaje ha quedado desactivado, a buen seguro estamos hablando del archivo con mejor coraza del país.
Lo primero que sorprende al acceder al sótano son los vestigios del sistema de seguridad. «Ahora hay funcionarios y despachos, pero antes bajar hasta allí ya implicaba el aviso a una serie de alarmas», recuerda Ana Isabel Vergara, última directora de la entidad. Vergara, que asistió a la reinauguración oficial del inmueble y pudo comprobar que lo que fue su dormitorio ha mutado en despachos, es celosa con la información interna de la entidad y se limita a señalar que «era una caja bien surtida» para definir la importancia de la delegación burgalesa del Banco de España.
En la zona perimetral aún quedan pasillos que formaban parte de la ‘ronda’, un paseo de vigilancia que hacía periódicamente la Benemérita y que recorría todo el exterior de la cámara para comprobar que no había anomalías, más conocidas en este sector como butrones. En las esquinas tenían colocados espejos dispuestos con una inclinación de 45 grados, de forma que los agentes podían verse la espalda al acceder al pasillo. Tras cruzar una primera puerta blindada, que ya de por sí parece inviolable, se accede a la sala de la cámara.
un proceso milimétrico. Al contrario de lo que pudiera parecer el proceso más lógico, el dinero rara vez entraba por la puerta principal del Banco. El guión habitual de la llegada y salida de divisas se iniciaba con la entrada del furgón blindado. Los vehículos accedían por la avenida del Arlanzón hasta alcanzar un ‘garaje’ en el interior del edificio; huelga decir que la puerta de acceso está blindada y, a pesar de ser de doble hoja y tener un tamaño considerable, también disponía de un sistema de cierre de seguridad.
Una vez dentro, el ‘garaje’ quedaba convertido en un compartimento estanco. Tras cerciorarse de que todo el procedimiento seguía el manual sin alteración alguna, se abría otro acceso de seguridad por el que se llega hasta la entrada principal de la cámara. Pero todo eso no sucedía a cualquier hora, ni tampoco de cualquier manera.
El sistema de relojes de precisión con el que cuentan las puertas, que fueron construidas por encargo y traídas desde la localidad italiana de Verona, estaba programado para que la caja no pudiera ser abierta en cualquier momento. Además, para obrar el milagro era necesaria la presencia de los tres ‘claveros’, que no eran sino los tres funcionarios que poseían cada una de las tres llaves y de los códigos necesarios para abrir la puerta. Ninguno conocía la clave del otro y el movimiento de las llaves debía de ser sincronizado para hacer retroceder a los seis pasadores de acero que sellaban el acceso. Eran el director, el interventor y el cajero.
Lejos de tribulaciones novelescas en las que uno se imagina todo tipo de tesoros custodiados en tan exclusivo lugar, lo cierto es que en la cámara se guardaba únicamente dinero. «En tiempos pretéritos pudo haber otro tipo de cosas, como la llave de seguridad de algún banco, pero nuestro trabajo consiste en preservar la integridad del dinero y tenerlo cuadrado al céntimo. Es el material con el que trabajamos y nosotros no lo vemos como una gran suma de dinero, sino como el objeto de nuestro trabajo», aclara Vergara.
Precisamente para garantizar «la integridad» del papel moneda ya acuñado, se instalaron en el interior varios deshumidificadores y un sistema de ventilación -«que no estaba conectado con el exterior»- para hacer frente a la fuerte humedad subsidiaria de la vecindad del Arlanzón.
días para el recuerdo. «Por más previsto que esté todo la casuística es inabarcable y siempre hay que estar preparados para lo que pueda suceder». Las palabras de la última directora de la entidad resumen el sentir de quien tiene sobre su espalda la responsabilidad de garantizar el bienestar de tales cantidades de dinero. Sin embargo, Vergara no recuerda haber pasado episodios desagradables relacionados con los sistemas de seguridad y lo más anecdótico que padeció fue un acceso a la cámara un tanto sui géneris. «Por algún motivo la puerta no se abrió y tuvimos que entrar por el trampón, una entrada de emergencia que implicaba un complejo proceso y que no resultaba nada fácil de sortear», recuerda.
Lo que a buen seguro no olvidarán quienes trabajaban en el Banco es el día uno de enero de 2002, fecha en la que los españoles enterramos a la peseta con 131 años de servicio y comenzamos a quedarnos pensando 15 segundos después de recibir las vueltas del café para comprender que se nos venía encima esa tipa gorda y fea llamada inflación. «Si normalmente las medidas de seguridad ya podían parecer exageradas, aquellos días fueron extremas. Teníamos que custodiar todas las pesetas que se estaban retirando y además disponer de grandes cantidades de euros: había estimaciones, pero nadie sabía con exactitud cuánto dinero se iba a mover esos días y teníamos que estar preparados», evoca Vergara.
Hoy toda aquella tensión ha quedado grabada en la memoria de quienes asumieron una responsabilidad histórica. Al interior de la cámara, por la que nos dejan pasear con absoluta tranquilidad, tal vez porque saben que no venimos a robar fotocopias del Gabinete de Prensa o ficheros de Protección Civil, tienen acceso todos los funcionarios que necesiten archivar algún documento parido en la sede de la Subdelegación. Una máquina de café es la nueva compañera de fatigas de la pesada puerta blindada y ya nadie se queda mirando el 34 de la calle Vitoria pensando ‘cuánta pasta tendrán ahí dentro’.
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