LA HISTORIA QUE AGONIZA EN UNA SALA
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FECHA: 28/09/2006
AUTOR: Ricardo Robins para NE Semanario
El archivo más importante de los orígenes de la región no consigue fondos para su preservación. El valor de los secretos que esconde.
El porqué de una donación de más de 600 kilómetros cuadrados de los mejores campos santafesinos al entonces “excelentísimo señor presidente Justo José de Urquiza” en 1857 que figura en el acta original de la Honorable Asamblea Legislativa. El cambio de denominación de las calles de Rosario, como Aduana por Maipú o Comercio por Laprida a principios del siglo XX. El origen de los pueblos cuando todavía eran estancias, como las de Alvear, Arteaga o Armstrong. Todos esos misterios de la historia caben en una piecita de cinco metros por tres. Esa piecita es en realidad el Centro de Documentación e Información “César Torriglia” del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Y todos esos documentos (más de 1.300 legajos, y más de 4.000 planos con sus libros complementarios), cedidos en los 60 por ese prestigioso agrimensor, todavía esperan su clasificación y archivo correspondiente.
La lenta degradación que padece el material desde entonces atenta contra su preservación, que depende a su vez de unos fondos necesarios para realizar un proceso de microfilmado de las láminas. Por ahora, ni la Municipalidad (que tiene un expediente iniciado por el pedido desde 2005), ni la Provincia, ni la Nación, solventaron el proyecto.
La suma total necesitada es de 44 mil pesos. Cifra que representa, por ejemplo, el doble de lo que pagó la Secretaría de Cultura provincial por un único espectáculo humorístico del Midachi Miguel Torres Del Sel y Chiqui Abecasis, que se realizó en un cierre de encuentro de gobernadores en 2004.
Lejana tierra mía
Un plano se despliega sobre la vieja mesa de madera, en el rincón que queda vacío detrás de dos computadoras. Las lonjas de tierra que surcan la ciudad aparecen allí divididas por una nueva configuración de cuadrados: las manzanas. A primera vista se distingue la plaza López, ubicada entre las calles Buenos Aires y Comercio, como se llamaba Laprida antes de 1905. Sobre las líneas del loteo, surgen los nombres de los propietarios: Puccio y Camilo Aldao, entre otros apellidos ilustres. Este viejo ejemplar, es sólo uno de los 4.000 que se encuentran en el valioso archivo histórico sobre uso y evolución de la tierra.
En la pequeña sala, las escrituras e informes que se remontan al siglo XVII de la provincia de Santa Fe y otras zonas del país sobreviven de milagro. No sólo porque más de una vez se quiso “tirar a la calle ese montón de papelerío”, como les dijeron a los investigadores desde la propia facultad, sino porque los integrantes del equipo que ordena y clasifica el material esperan sin éxito la llegada del dinero para microfilmar los mapas, planos y demás escrituras.
Pero mientras esperan, el grupo coordinado por la profesora de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) Claudia Gotta y conformado por la investigadora del Conicet Adriana De Biassi y el historiador Vicente Accurso lanzó en 1999 el “Proyecto puesta en valor del archivo Torriglia”. El nombre es en honor al ingeniero agrimensor que donó todo el material en 1966 con fines “archivísticos y de puertas abiertas”. Desde entonces, y a pesar de esfuerzos aislados de distintos profesionales de la facultad, el archivo quedó tirado. “El corpus principal donado por Torriglia sufrió los avatares de la política cultural y particularmente universitaria”, define con diplomacia Gotta.
“Ahora lo que estamos realizando es un ordenamiento y clasificación del material para usuarios de diversas disciplinas, que puedan acceder a la información que hay en los planos. Para eso hace falta abrirlos uno por uno y hacer un listado del cuerpo descriptivo, es decir rescatar todos los aspectos que puedan interesarle tanto a un agrimensor, como a un economista o historiador”, explica la coordinadora del proyecto. Todos esos datos se ingresan luego a un programa informático que permite la búsqueda inteligente a través de palabras claves.
Ese trabajo (ya se registraron más de 800 de los 4.000 planos) lo están llevando a cabo con la ayuda de nueve pasantes ad honorem. “Venimos seis horas semanales y no nos pagan nada. Encima en invierno pasamos frío porque acá no hay gas y cada tanto se corta la luz”, protesta Pablo, uno de los auxiliares, mientras pasa a la computadora un largo listado de apellidos, años y ubicaciones correspondientes a uno de los planos.
En la actualidad el lugar recibe dos o tres consultas por semana, número que estiman se multiplicará cuando la clasificación esté finalizada. Pero para abrir las puertas del lugar es necesario contar con la microfilmación de los planos, porque la manipulación de los mismos terminará por destruirlos.
Gotta resume: “Este es uno de los reservorios más importantes de la memoria urbana de nuestra ciudad y de la historia de la división, tenencia y uso de la tierra tanto urbana como rural del área pampeana, con mayor énfasis en el período que va de 1850 a 1930”.
La idea de cuidar y archivar esa memoria regional fue apoyada por el Concejo Municipal en diciembre de 2004. Esa declaración ingresó al Ejecutivo local a través de la Secretaría General en 2005 bajo el expediente 109. Pero desde entonces no hubo avances y en ese lapso el costo se elevó de unos 32 mil pesos del proyecto original a 44 mil en la actualidad. Además de la administración local, tampoco la Facultad, la Provincia o la Nación mostraron interés por el rescate del material –“el ministro (Daniel) Filmus nos dijo que no había plata para esto”, recuerda Gotta–. Ahora, el grupo recurrió a un organismo internacional que podría acercar el dinero para realizar la microfilmación de los planos.
En esto no hay metáfora entonces: la suerte de la preservación de la historia del origen de Rosario y la zona está en manos europeas.