FINES Y PROBLEMAS DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
MARIANO PICÓN SALAS
Discurso inaugural de la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad
Central. Caracas, 12 de Octubre de 1946
Tratare de decir en sencillas palabras que no pesen, rehuyendo el discurso engalanado, los problemas que nos plantea y las finalidades que le asignamos a la nueva Facultad de Filosofía y Letras. Una vez me atreví a afirmar en un ensayo que en Venezuela acontecen las cosas mágicamente, y que de pronto ese misterioso numen, ese “Dios de Colombia” de que habló Bolívar resuelve o nos lanza cuestiones de tan vívida urgencia que ya no es posible sino enfrentarse a ellos, con rapidez que anhela el saldo de muchos años de olvido y de postergación. Siempre hubo en la historia venezolana, a pesar de la prédica derrotista y desengañada de los sembradores de cenizas, un impulso de ascenso social y espiritual, y por ello lo que yo llamaría “la sorpresa del pueblo”, la voz y el reclamo de una patria olvidada y desconocida, vino a refutar los cálculos y previsiones mezquinas de quienes hubieran mantenido el país como en eterna minoría de edad, ofreciéndole los bienes de la civilización con la usura del cuenta gotas.
No fue mejor la sorpresa -y sobre este asunto quiero reflexionar hoy- que nos ha dado la Facultad de Filosofía y Letras. Pensando en estos últimos años en el proceso de crecimiento económico de la nación, en el desborde de negocios que nos trajo la explotación petrolera y la abundancia de divisas, alguien observaba si no era tentativa quimérica hacer un sitio en los estudios universitarios para el pensamiento puro, para las Humanidades Clásicas, para aquellos altos goces del espíritu que no pueden expresarse en las estadísticas de producción o en los índices de ganancia financiera. La dolencia de la época -como todos ustedes lo saben- es haber hecho de la vida una maratón hacia el dinero, un pragmatismo esterilizador de otras formas más altas de existencia, que acaso explique por qué hay en este mundo tanto residuo de angustia, tanta nostalgia de felicidad y de tanta neurosis. El hombre mira todo, menos el aseo y armonía de su alma. Sofrosine y Eutimia, dos maravillosas virtudes griegas, huyeron de este estrépito sin finalidad, de este no saber a donde se marcha que es el terrible signo de la civilización contemporánea.
Cuando hablamos que el excesivo profesionalismo universitario debía corregirse con más amplia fundamentación cultural, y que era necesaria esta Facultad de Filosofía, decíasenos que de seguir, ella, solo sería el refugio de unas pocas gentes líricas descentradas o de escasos jóvenes a quienes el turbulento entusiasmo de la edad y el gusto de las palabras nuevas, torna -como es explicable- un poco pedantes, y que el país tan urgido de técnicos, no hallaría mayor provecho social en auspiciarla. Es decir, del más angosto positivismo; de un positivismo marchito en todas partes, pero que en Venezuela podía aun esgrimirse como viviente novedad. Hubo, además, en algunos políticos la falsa creencia de que el proceso educativo era separable y divisible en aisladas etapas, y que siendo cuestión primera la lucha contra el analfabetismo de las grandes masas, podría pensarse en la Filosofía y en las Letras cuando todos los venezolanos de todos los sitios escribiesen y leyesen. Pero nadie se preguntaba si al abandonar un aspecto de la educación para desenvolver otro, no se corría el riesgo de que al cabo de algunos años habría más lectores que buena lectura venezolana. Era exactamente lo mismo que si en el famoso día del Génesis que abrió la historia de la Humanidad de acuerdo con la tradición sacra, Jehová se contentase con hacer los pies y el tronco de Adán, reservándose la cabeza para otro sábado de mayor sosiego. Pero el soplo de Jehová, el soplo de la cultura -podemos decir- metafóricamente dirige a la vez los pies y la cabeza del hombre. No se trata de procesos aislados o sucesivos sino paralelos y simultáneos. A la educación integradora.
Y que no era un proyecto vago y nebuloso el de la Facultad, vino a enseñárnoslo con una de sus habituales sorpresas, el pueblo venezolano. La abundante matrícula, la cantidad de solicitudes, telegramas, cartas que se han acumulado en estos días en nuestra mesa de trabajo, demuestra que estos estudios obedecen a una necesidad nacional y tan autentica, como cualesquiera otra. Y aquí rozamos el nervio vivo de un asunto, cargado de especial problemática. ¿Qué es lo que se propone tanta gente que se incorpora a los cursos humanísticos o que pide -cuando tiene sus títulos y certificados en orden- que se les acepte, por lo menos, como auditores de las aulas? ¿Es que todos desean ser escritores o filósofos con mengua y descuido de otras actividades urgentes en el país, como las técnicas e industriales?
Si los profesores que vamos a enseñar en la nueva Escuela mirásemos la cuestión desde nuestro solo ángulo, abríamos aconsejado de inmediato, la antigua fórmula de las antiguas universidades: limitar la matrícula y sembrar de escollos y trámites el camino que conduce a la inscripción universitaria. Pero sin que tuviésemos que erogar como la famosa Universidad de Harvard más de cien mil dólares para una encuesta previa sobre las necesidades presentes de la educación superior, se nos reveló una realidad que seguramente inspirará más de un trabajo y actitud universitaria en los días que comienzan. Por vocación, yo soy cazador de pequeños hechos sociológicos, me gusta ver saltar la liebre del problema y advertir cómo se resuelve, con éste “ ahora o nunca” que debe ser el signo de toda generación decidida. Mucha más gente de la que esperábamos llenó los formularios de la Facultad de Filosofía por dos simples razones: primero, porque se siente hoy como nunca, la deficiencia de la Universidad puramente profesionalista y se requiere -por sobre la técnica del médico o del ingeniero- lo que yo llamaría una inicial técnica humana que si no ofrece beneficio económico aspira a lo que vale tanto como el más estricto sentido pascaliano; y, segundo porque en estos días laberínticos que vive el mundo, de crisis y socavamiento de costumbres y tradiciones, días en que emerge, sin duda, con ruido de convulsión el perfil de una nueva edad, parece buscarse, asimismo, la explicación integradora, el nuevo hilo de Ariadna que nos conduzca por las tortuosas y contradictorias encrucijada de nuestra alma individual y de nuestro psique colectiva. No es un problema localizado en algunas latitudes geográficas; es de todo el Universo. Aun aquellos países como los estados Unidos que gastaron tanto dinero en educación y que parecían tan seguros con la opulencia material y el rumbo de sus Universidades, experimentan una igual crisis; se dan cuenta que frente a la Universidad que da títulos y ofrece profesiones remuneradas, hay que injertar otra que atienda tanto como al adiestramiento económico a las grandes incógnitas de hombre, a este “¿Cómo?” y a éste “¿Para qué?” por el que se clama con desgarrada angustia. Leed -para que advirtáis lo profundo y universal del problema -el informe de la Universidad de Harvard (“General Education in a free Society”), los nuevosw programas de Columbia y las anotaciones tan justas y documentadas de Jacques Barzun; leed, por último, los nuevos planes de la Universidad de Chicago en los que se recomienda un insospechado empleo -sobre todo en un país tan practísta como los Estados Unidos- de los libros clásicos. Porque en estos años recientes de guerra, de fascismo, de general convulsión casi nos precipitamos en la inhumanidad y en la infrahumanidad, en el colapso de todos los valores, volvemos a decir la vieja palabra “Humanitas” buscándole el urgente sentido de completación estética y moral del hombre.
Sabemos que acaso no cabrá en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras todos los alumnos que se han inscrito. La propia técnica de un buen trabajo docente nos obligará a dividirlos en grupos y a distinguir entre los que tienen constancia y aptitudes para la investigación y aquellos que solo se satisfacen con las conferencias, las clases y las lecturas mínimas. En la más democrática selección humana, los inconstantes deben dejar su sitio a los más esforzados; los tardos y perezosos, a los responsables y diligentes. Pero ha aparecido en la Universidad Central de Venezuela un alto problema público que los directores universitarios no pueden ya considerar a riesgo de no cumplir con la esperaza de nuestro pueblo: el de tanta gente que pide al Instituto una orientación espiritual, y del estudiantado que advierte que el hombre no solo vive para el usufructo de una profesión, sino también para comprender el mundo en que se mueve, las ideas que orientan su época; para tener acceso a aquellas altas formas de perfección y casi diría de suma felicidad -la única felicidad que no engaña- que nos dan los grandes libros, los grandes pensadores, las obras de arte. Con fe en este pueblo venezolano, tan ágil, tan despierto, eterno Anteo a quien no derribó definitivamente ninguna derrota; pueblo que desde todos los rincones de nuestra patria esta gritando su enorme anhelo de mejorar y aprender; pueblo que en los últimos años hemos visto ganar una creciente epopeya de conciencia, iniciamos la tarea. Nos acompañarán en ella; ofrecerán a la juventud venezolana su mayor experiencia en este género de disciplinas, algunos ilustres maestros españoles. Aquella España de la Junta de Ampliación de estudios, de las promociones magníficas que buscaban en todas las Universidades de Europa: en Upsal como en Marburgo, en Lieja como en Heidelberg, los nuevos métodos y las nuevas formas del pensamiento contemporáneo, constituye para nosotros una obligada escala en el camino de nuestra recuperación cultural. Hombres como Juan David García Bacca y como Eugenio Imaz que ahora son nuestros huéspedes, nos han enseñado con edificante escolaridad que en la vieja lengua de nuestros padres, es posible decir y ordenar todo lo que el angustiado hombre de hoy sabe acerca del Universo. Espero que así como hoy visitan nuestras Cátedras maestros españoles, mañana puedan hacerlo -y es el desiderátum detona Universidad bien organizada- maestros de otras lenguas y latitudes. Ninguna nación, ningún instituto de cultura pudo renovarse sin este intercambio de hombres, de técnicas, de conocimientos. Lo necesitó la Universidad de París de una fecha tan lejana como el siglo XIII para ordenar los grandes monumentos de la Escolástica medieval, y el Salerno de Federico II de Hohenstaufen para que el Occidente se incorporase a la Medicina y la Matemática de los árabes; lo requirió la Rusia de Pedro El Grande y el Berlín de los primeros Hohensollen; lo requieren todavía -con la más ejemplar diligencia- las Universidades de los Estados Unidos. El mejor nacionalismo, el más eficiente, no es el que se queda atado a los límites de las colinas o de la frontera acústica de las campanas parroquiales, sino el que abre para los pueblos los caminos de la universidad. Sabiendo que hicieron y que aprendieron los otros, surge el espíritu de emulación, sin el cual todo patriotismo sería narcisista y se ahogaría como el joven del mito en el estanque inmóvil. Quien solo se ve así mismo, ni siquiera se ve, porque nuestro ser define su individualidad en el contacto con los otros. Hasta el espejo es ya una proyección; un salir de sí. Amor y amistad, móviles del mundo según el verso dantesco , surgen de este yo que encuentra a un tu con quien compartir y con quien dialogar; de esa completación de nuestro propio ser que se nos había perdido, de acuerdo con el mito platónico. Y como el amor y la amistad, la cultura es también colaboración, debate y encuentro. Quienes sin visión histórica se amurallan en su nacionalismo cultural -que a veces parece tan solo justificación de la propia pereza, porque resulta, naturalmente, más fácil, ser el primer matemático de Upata y el primer metafísico del Hatillo, que serlo de toda Venezuela -olvidan como nuestra Revolución de Independencia se fecundó y fue posible porque a través de una ideología mundial descubrieron los hombres de entonces sus soterrados derechos. ¿Qué libros leyeron Sanz, Miranda y Bolívar; que problemática del mundo suscitaron en nuestro gran Precursor y en nuestro gran Libertador, las sociedades y el pensamiento de Europa; qué idiomas tuvo que aprender Palacio Fajardo para alegar fuera de las fronteras nacionales, la justicia de nuestra causa? Paradójicamente la primera batalla por nuestra libertad política: la de las ideas se ganaba en los períodos de 1810 con citas de Rousseau y Montesquieu, con frases de Locke, y de David Hume. Un William Burque, escritor irlandés trasladado a Caracas, era uno de los inspiradores de la Gaceta, primero de nuestros grandes periódicos insurgentes; y en el equipaje de Miranda y en la cabeza milagrosa de Bolívar había muchos planes de reforma social que les comunicara en Londres en 1810, aquel curioso utopista y legislador, enamorado a distancia de nuestra América, que se llamaba Jeremías Bentham. En mi pequeño libro de literatura venezolana trate de probar que por conocer también a Maupassant y a Daudet, y por haber hecho una previa excursión cosmopolita por las literaturas europeas de fines de siglo pasado, nuestros escritores de la generación de 1895, escribieron ya, con tan segura maestría, los primeros cuentos criollos. Ni siquiera el propio país o el pueblo donde nacimos puede entenderse si no se compara con otros; si carecemos de paralelo o perspectiva. Desde este punto de vista, la “realidad venezolana” no es precisamente la que mira el hombre desde el estrecho valle en que esta sumergida su aldea, si no la que resulta de cotejar muchos fenómenos venezolanos con otros de la época del Universo entero.
Que en estos claustros se trabaje con fe y generosidad por esa Venezuela universal; grande no tan solo por su territorio y su ingente riqueza promisora y por su heroica historia vivida, si no grande así mismo, por la cultura que debe crear y por la nueva historia que debe hacer, es el más sencillo y también más ardiente voto que se me ocurre ahora. Recuerdo unas frases de Hegel: “La edad florida, la autentica juventud de un pueblo, es el período en que el espíritu es todavía activo. Los individuos tienen entonces el afán de conservar su patria, de revisar el fin de su pueblo. Cuando esto se consigue, comienza el hábito de vivir. Así como el hombre perece con el hábito de vivir, así también el espíritu del pueblo se agota en la costumbre y el goce de sí mismo. Cuando el espíritu del pueblo ha llevado a cabo toda su actividad, cesan la agitación y el estímulo; se vive en el tránsito de la virilidad a la vejez, en el simple disfrute de lo adquirido. Se inicia un opaco presente sin necesidades. El pueblo renunciando a diferentes aspectos de su fin, se contenta con el ámbito menor; no se inician nuevos propósitos, se estanca en la satisfacción del fin alcanzado, se cae en la costumbre donde ya no hay vida alguna; se camina hacia la muerte natural. La vida pierde su máximo y supremo interés solo existe en donde hay lucha y antítesis”. A la juventud que viene a estas aulas y a los profesores que trabajamos en ellas, nos incumbe, pues, la tarea, de animar ese cotidiano impulso, ese viviente hacer y rehacer; esa Historia que no se empozó, porque sigue creciendo y circulando, que Hegel ha llamado la “edad florida de los pueblos”.
LEAL, Ildefonso, Historia de la UCV / Ildefonso Leal. -- Caracas: Ediciones del Rectorado de la UCV, 1981. -- p. 415 - 421