LA SOCIEDAD DEL USAR Y TIRAR
EN: LEVANTE: El Mercantil Valenciano
SITE: http://www.levante-emv.com/secciones/noticia
FECHA: 22/06/2006
AUTOR: CAMILO SEGURA ARTIAGA - ARXIVER MUNICIPAL DE PATERNA
A nadie escapa que la sociedad actual se encuentra en la más que evidente paradoja de que en nuestro ámbito doméstico, resulta más rentable adquirir un producto nuevo que reparar el deteriorado. Así ocurre con cualquier electrodoméstico, y no digamos ya con batidoras, maquinillas eléctricas, etc. Todo ocurre, pues, de forma que el tiempo de uso de las mercancías se acorta extraordinariamente. Y cada vez se reduce más. Ni qué decir tiene que esta práctica se va extendiendo a un número mayor de artículos. Así ocurre con las flamantes tarjetas bancarias desechables, o en la generalización del correo electrónico de usar y tirar o las rutilantes cámaras de vídeo digital de un solo uso. También existen otras consecuencias, como aquellas relativas al medio ambiente, donde resulta más palpable la sinrazón existente entre el continuo usar y tirar y, simultáneamente, la limitada disponibilidad de recursos naturales.
Naturalmente no hay nada malo en sumergirse en el mundo de las nuevas tecnologías y aprovecharse de las importantísimas propiedades que nos ofrecen. Tampoco resulta cuestionable que el consumidor compare precios y valores rentabilidades, con el fin de decidirse por aquel producto que considere más adecuado con arreglo a su presupuesto y necesidades. Hay evidentes ventajas en algunos artículos de usar y tirar como, por ejemplo, en la higiene y la sanidad. Pero hay otro elemento en el que deseo detenerme. Me refiero a algunas de sus consecuencias y, particularmente, a pautas y modos de actuación que se reflejan en todos los ámbitos de la vida y, como no podía ser menos, también en el archivo: la cultura del usar y tirar no sólo se contrapone a valores tales como cuidar de una cosa -recordemos por ejemplo algunos objetos de nuestra infancia-, sino protegerlos, mimarlos y, en definitiva, conservarlos. Desde esta perspectiva, la praxis del usar y tirar supone la interiorización de unos valores y la aplicación de unas prácticas que, en esencia, se oponen al principio de la conservación. Los valores predominantes son los de la novedad, los de la primicia perpetuada y donde todo aquello en lo que no figura el adjetivo de renovación, se encuentra lastrado.
¿CONSERVAN LOS ARCHIVEROS DEMASIADO?
En este contexto, cabe recordar que los archiveros no sólo trabajamos para el presente. Su función va más allá de satisfacer el requerimiento documental del día a día y es, desde esa perspectiva, desde la que la gestión archivística incluye la conservación de documentos. Pero a nadie se le escapa que, en la actualidad, incardinar la custodia y conservación de documentos con los principios que rigen la sociedad actual del usar y tirar resultan si no contradictorios, sí al menos con puntos de fricción. Expresado de manera gráfica, se ha de realizar en un ambiente hostil, o dicho de otra forma, no corren buenos tiempos para la conservación, puesto que desde las diversas instancias -política y/o administrativa- se le persuade al archivero/a de que todo son ventajas en la destrucción de papeles.
Aunque tozudo y confinado en su trabajo, el archivero se resiste a destruir los documentos y se muestra favorable a preservar la documentación a toda costa. De esta forma, y a modo de hara-kiri profesional, se reafirma ante la sociedad de que no se halla dispuesto a progresar al ritmo marcado. Y ello es así por varias razones: desde problemas con el hardware, para utilizar y sustituir los aparatos lectores, el software, ante la continua mudanza de programas y, finalmente, la conservación puramente material, por la incertidumbre en la resistencia física de los soportes.
Por tanto, el archivero se ve abocado, por esa especie de deontología archivística, en la obligación ética y profesional de insistir en el uso y mantenimiento del soporte papel, y de mostrarse muy precavido con los cantos de sirena ofrecidos -sin las debidas garantías- para sustituirlo por la digitalización y automatización de los fondos archivísticos. Pero esta decisión tiene importantes consecuencias. Yo me ceñiré sólo a una: la imagen social del archivero. Tenemos la impresión de que, al margen de los reducidísimos circuitos profesionales de los propios archiveros, éstos quedan relegados en la sociedad cuando se buscan alternativas porque parece que, cuando de asuntos de modernidad se trata, no les concierne. Por contra, a los archivos se les conmina para el uso del soporte digital y, así, poder destruir los molestos papeles que por doquier aparecen en cualquier rincón, y colman armarios y estanterías de oficinas y administraciones. De esta forma, puede llegar a ocurrir que los archivos dispongan de importantes fondos antiguos y, en cambio, apenas nada de finales del siglo XX y principios del siglo XXI. De la actitud responsable de todos depende